Relatando una misión
De cómo salvé una película en 39 horas ( Ejercicio 1.- dentro del curso: Relatos de Viaje a través de Casa Contada)
Mientras escribo voy cruzando una gran parte del territorio norteamericano.
Normalmente este viaje duraría cuatro horas pero a mí me tomará 39 horas con 5 minutos dividido de la siguiente manera: Denver-Chicago 18 hrs. con 40 minutos y Chicago-Nueva York 20 horas con 25 minutos. Cuando la fiebre del oro y la plata en Colorado en la segunda mitad del siglo XIX pasaban por aquí hasta 80 trenes diariamente. Hoy día, la Union Station solamente recibe un tren al día, el que viene desde San Francisco y pasa por Denver a las 9 de la noche. La estación es muy antigua, conservando los grandes sillones de madera con respaldos altísimos en su única sala de espera. Fue en el siglo 17 cuando se tendieron las primeras vías y los trenes transportaron a miles de pioneros que iban en busca de fortuna. El nombre de mi tren es Amtrak Céfiro, como el Dios del Viento del Oeste.
Abordé minutos antes de las nueve de la noche y así comenzó mi aventura.
Atravesamos los estados de Nebraska y Iowa. De madrugada pasamos por Omaha, puerta de Entrada al Oeste norteamericano. Estuve dormitando en mi asiento y pensando en quienes como yo hoy abordaron este tren. Tal vez son personas que prefieren evitar tantos controles de seguridad y estrés, gente que teme volar o a quien le gusta sentir que “ve pasar la vida” desde la ventana del tren. Con esa imagen voy a permanecer para tratar de dormir.
El coche-comedor se abrió a las 6 y tomando café disfruté del amanecer ya sobre las planicies de Iowa. El tren es de dos pisos y con los vagones panorámicos pude gozar viendo las llanuras cultivadas hasta el último centímetro, los colores del maíz, la soya, el trigo, la cebada. Vi los inmensos silos cilíndricos, los graneros rojos y las cambiantes hojas del otoño.
El cruce entre los estados de Iowa e Illinois lo marca el río Mississippi, el más grande de los Estados Unidos, corriendo desde Minnesota hasta desembocar cerca de Nueva Orleans en el Golfo de México. Atraviesa diez estados y se utiliza para definir muchas de sus fronteras. Pasamos sobre un fantástico puente y más adelante pude observar casas a un lado de zonas verdes, ocres y pantanosas tal como lo describen William Faulkner o Mark Twain. El río es imponente y me viene a la mente que siempre un río fue una vía de escape o libertad a lo largo de la historia del país. Cuánto hubiera deseado tener un compañero de viaje para compartir estos escenarios pero en esta ocasión no fue posible. Por lo mismo es un viaje que no quise hacerlo sola en automóvil porque no soy capaz de manejar distancias muy largas. El mismo sonido del motor en largos tramos hace que se me cierren los ojos.
El traqueteo es rítmico y aún me quedan muchas horas por delante. Curiosamente tengo muy abiertos los ojos y aprovecho para explicar porqué tuve que recurrir a esta alternativa de transporte.
Era el mes de Octubre del año 2009 y mi hijo filmaría durante 6 días un cortometraje como tesis para graduarse de la Escuela de Cine de la Universidad de Nueva York. Yo estuve presente durante los 6 días que duró la filmación en Colorado y despedí a todo el grupo en el aeropuerto.
Una hora después recibo una llamada y de inmediato detecto un tono de auxilio en la voz:
Mamá, no me dejan subir las latas con las películas al avión. Los de seguridad quieren destaparlas o bien que pasen a través de los rayos X . No tengo modo de hacerles comprender que el material está aún sin revelar y que cualquiera de los dos procedimientos lo arruinaría completamente. Llevo más de una hora lidiando con ellos y no consigo hacerlos entender. Te pido que regreses al aeropuerto y te voy a entregar las latas con los rollos de cine pues ya tenemos que abordar. Colócalas dentro de un refrigerador y vamos a buscar la manera de poder lograr que lleguen a Nueva York.
Ya han pasado muchas horas y vuelvo al vagón panorámico sin despegarme de la bolsa con los rollos de películas.
Después de atravesar el corazón agrícola de Estados Unidos me vino a la mente que salí desde un Oeste rocoso pasando por el Oeste rural y entrando a la gran metrópolis de Chicago.
Al llegar ya caía la tarde y me emocionó pensar que conocería aquel salón de la estación donde Brian de Palma filmó “Los Intocables”. Estuve observando la escalera donde se lleva a cabo la fabulosa escena donde Elliot Ness está a la espera de la llegada del contador de Al Capone quien debería viajar esa noche en tren Es una de las escenas clásicas y más fascinantes del cine..
Partió el tren en mi segunda noche y cruzamos Indiana, Ohio, Pensilvania rumbo hacia Nueva York. Al amanecer el paisaje era otro, se ve húmedo y lo verde es ya prácticamente un recuerdo de cuando la tierra inhala y se llena de frutos. El río que nos acompaña ahora es el Hudson. Todo se prepara para el largo invierno que en estas latitudes trae hasta tres metros de nieve al año.
Llegué a Penn Station en Manhattan y entregué los rollos de cine. Misión cumplida y un gran alivio. Treinta y nueve horas más el tiempo del transbordo. Estuve mucho tiempo en silencio. La poca conversación fue casi monosílaba. La mayoría de los pasajeros estaban en lo suyo.
De repente me vino este pensamiento humorístico que hizo que mi corazón sonriera: Verdaderamente de lo que uno es capaz por que su nombre aparezca en el listado de créditos de una película ... Por supuesto que no es así. Es un pacto que siempre hemos tenido entre nosotros de brindarnos ayuda por siempre. Ahora bien, además de los títulos que ya llevo encima como esposa, mamá, artista visual y textil, ahora también me he adjudicado el de “Courier” (suena más interesante que repartidor, cartero o mensajero)





No hubiera logrado nada sin ti Mami!
Me encanto!! Yo hubiera hecho un viaje así de largo por mis hijos también! Linda historia con un final feliz!